Inequívocamente emplazado como país-cliente, en las diferentes y sucesivas configuraciones del sistema de producción y consumo cinematográfico mundial, Uruguay -y en mayor o menor medida el resto de los países latinoamericanos- recorta su...
moreInequívocamente emplazado como país-cliente, en las diferentes y sucesivas configuraciones del sistema de producción y consumo cinematográfico mundial, Uruguay -y en mayor o menor medida el resto de los países latinoamericanos- recorta su área de participación como productor de imágenes en el área de las “vistas” y más adelante noticieros, los antepasados más cercanos del documental. De 1899 data la primera “actualidad uruguaya” en la que sociedad montevideana se vio retratada saliendo de la Catedral, en la plaza Independencia, moviéndose en tranvía, en la feria de la calle Rondeau, en la bahía. Una historia pensada a escala de nuestro cine (es decir, siguiendo las claves del material concreto y no cuadrículas de historias foráneas), desde los comienzos hasta los años 30, debería construirse en base al interés recurrente por un Uruguay documentado en celuloide, por su retrato más allá (o más acá) de la ficción: una geografía filtrada por el nuevo medio y por lo tanto modernizada y modernizante que conjuga la necesidad de autorepresentación en el mercado interno con la, más imaginada que efectiva, creación de una imagen para el mundo. Si los paisajes, como se afirma desde los estudios de Geografía cultural, son siempre ideológicos, entidades con múltiples estratos, borramientos, silencios y luchas de poder, su representación cinematográfica (como la literaria o la pictórica) es una operación ideológica de segundo grado, nunca inocente o aproblemática.
La película El pequeño héroe del Arroyo de Oro (1932?) dirigida por Carlos Alonso cumple de manera específica con la “obsesión topográfica” de nuestro cine (quiere ser retrato fidedigno de la región del Oro, aunando naturaleza y ciudad, civilización, modernidad y barbarie), pero entra con igual vehemencia en las relaciones que dan título y razón a este encuentro. La historia real ocurrida en 1929, convertida por la prensa del momento en éxito de crónica roja, es “descartada” por Alonso a favor del relato periodístico homónimo de José Flores Sánchez - explícitamente instalado ya desde el título en narrativas foráneas y canónicas de matriz deamicisiana- publicado en portátil libro-memento para un público masivo y sediento de detalles escabrosos.
Este trabajo se ocupa de la relación dinámica entre el documental y el relato ficcional que la película de Alonso propone; va leer el territorio nacional y el cuerpo del niño como textos que el celuloide fusiona simbólicamente para construir una idea de Nación futura transitable y heroica.